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El cambio de hora a debate

Un nuevo enfoque en el discurso anti horario de verano ha conseguido por fin que la Unión Europea lo ponga en entredicho

Autor: Redacción Re_Magazine - Tiempo de lectura: 3 min.

Durante el último medio siglo, los europeos hemos discutido recurrentemente sobre la conveniencia de seguir con el cambio de hora que la Unión Europea nos impone dos veces al año. Mientras que desde las altas instancias se alega que con esta medida se reducen enormemente los gastos energéticos, la mayoría de la población no parece ver en ello una sola ventaja y sí muchos perjuicios. Ante la creciente oposición al llamado horario de verano, por fin, la Unión Europea ha decidido debatir el asunto y, tal vez, eliminar para siempre la medida. Como novedad, esta vez los ciudadanos europeos hemos sido invitados a participar en el debate.  

Según datos del IDAE (Instituto para la Diversificación y Ahorro de Energía), el horario de verano nos permite reducir el gasto energético en un 5%, unos 300 millones de euros. La idea es que, al adaptar nuestro horario a las horas de luz en cada estación, las empresas, que son responsables del 80% del gasto energético, ahorran mucho en iluminación.

Los detractores de la medida alegan que esos datos están basados en estimaciones de gasto de los años 1998-99, es decir, que como poco no han sido actualizados en veinte años, y que la efectividad de la medida depende mucho del estado tecnológico e industrial del país.

edificio iluminado

Desde organizaciones tan prestigiosas como la ONG ecologista WWF se afirma incluso que, en cualquier caso, lo que se ahorra la industria nos lo gastamos los ciudadanos cuando nos vemos obligados a pasar más horas de oscuridad en casa. Y sin embargo, desde el IDAE insisten en que 90 de los 300 millones de ahorro que se alcanzan, corresponden a los hogares; es decir, unos 6 euros por familia.

Tal vez porque parece que los datos y las gráficas de consumo permiten defender cualquier postura, en los últimos años las voces en contra del cambio de hora se han centrado más en el impacto que la medida tiene sobre nuestra salud, que en el que pueda tener sobre nuestra cartera. Alegan que adelantar y atrasar el reloj pone patas arriba nuestros ritmos circadianos, provocándonos una suerte de jet lag que hace que cualquier ahorro, si es que lo hay, no compense en absoluto.

Este nuevo discurso ha servido como revulsivo y, en los últimos años, el debate se ha avivado hasta tal punto que a principios de año Finlandia se sumó a las voces que pedían ante la Eurocámara una reevaluación del asunto. Finalmente, el pasado 8 de febrero los eurodiputados adoptaron una resolución no vinculante en la que reconocían que, "aunque no existen pruebas científicas concluyentes, sí hay indicios que apuntan al efecto pernicioso de este sistema".

Se abrió así una consulta pública para conocer qué opinaban los ciudadanos europeos al respecto. El periodo de votación terminó el pasado 16 de agosto y ahora el resultado será tenido en cuenta, junto con las opiniones separadas de los Estados miembros, a la hora de tomar una decisión definitiva. Solo hay dos posibilidades: o dejar las cosas tal y como están, o eliminar el horario de verano. No se contempla en ningún caso que cada Estado pueda tomar su propia decisión al respecto.

Historia del horario de verano

Fue Benjamin Franklin, padre de la patria en Estados Unidos e inventor entre otras muchas cosas de las lentes bifocales o el pararrayos, quien, tras observar que los parisinos ahorraban en velas levantándose antes en verano, postuló por primera vez que un cambio de horario institucionalizado podría suponer un gran ahorro. Nadie le hizo caso.

william willet
William Willet, impulsor del cambio horario.

En 1905, otro madrugador, William Willet, volvió a proponer la idea tras percatarse durante sus paseos matinales de la cantidad de horas de luz que los londinenses desperdiciaban durmiendo en verano. Esta vez la idea fue mejor recibida y, si bien se descartó su propuesta de un cambio gradual (que se haría adelantando el reloj 20 minutos semanales durante tres semanas), el planteamiento fue sumando apoyos hasta que en 1916 se aplicó por primera vez con vistas a ahorrar carbón que, por aquel entonces, era muy necesario para alimentar los hornos de la Gran Guerra.

El horario de verano iría aplicándose intermitentemente durante las siguientes seis décadas hasta que en 1974 la crisis del petróleo contribuiría a que multitud de países se sumaran a la medida. Finalmente, en 1981 el cambio se institucionalizó definitivamente en Europa, en forma de directiva de la entonces CEE.

España tiene su propio debate

Antes de que la Unión Europea impusiera el cambio en todos los Estados miembros, España ya se había convertido en una anomalía. El 8 de marzo de 1940 el Boletín Oficial del Estado publicó una orden de Franco según la cual, a partir del día 16 de aquel mes, el horario nacional se sincronizaría con el de Alemania (UTC+1). España salió así del uso horario que le correspondía por meridiano (UTC-0) y setenta y ocho años después seguimos discutiendo hasta qué punto esto afecta a nuestra vida diaria.

Los partidarios de volver a sincronizar nuestros relojes con el Horario de Europa Occidental (para lo cual solo tendríamos que saltarnos el próximo cambio), alegan que vivir con el horario que no nos corresponde tiene impacto en todos los aspectos de nuestra vida; que nos roba horas de sueño, que nos hace menos productivos, más irritables y susceptibles de sufrir accidentes laborales, que nos imposibilita conciliar la vida personal y la vida laboral... y un largo etcétera de consecuencias cuya relación con el horario es a veces difícil de establecer. 

Los partidarios de dejar las cosas como están argumentan que el hecho de que España sea una potencia turística convierte la anomalía horaria en una ventaja. Los días, en temporada alta, parecen más largos que en ninguna otra parte del mundo y la despreocupación en los horarios parece adaptarse muy bien a lo que se espera de unas vacaciones.

horario europeo
Azul: UTC-0; Rojo: UTC+1; Amarillo: UTC+2; Verde UTC+3

Decida lo que decida la Comisión Europea, lo cierto es que el problema particular de España sigue estando ahí, así que aún tenemos años para "disfrutar" de nuestro propio debate.